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33 FESTIVAL DE JAZZ DE TERRASSA
Bill Frisell 'Beautiful dreamers'
Marco Mezquida
Giulia Valle 'Líbera'


Eyvind Kang, Bill Frisell y Rudy Royston
© Miquel Carol

Ficha del concierto
Fecha: 28 Marzo 2014
Lugar: Centre Cultural Terrassa

Bill Frisell 'Beautiful Dreamers':
Bill Frisell (guitarra)
Eyvind Kang (viola)
Rudy Royston (batería)

Fecha:
29 Marzo 2014
Lugar: Nova Jazz Cava

Marco Mezquida (piano)

Giulia Valle 'Líbera':
Giulia Valle (contrabajo)
David Pastor (trompeta)
Jon Robles (saxo tenor, sopranino, flauta y clarinete)
Carola Ortiz (voz y clarinete bajo)
David Soler (guitarra)
Edurne Arizu (acordeón)
Oriol Roca (batería)

Alérgico a la parafernalia numérica de los grandes festivales de verano, a los escenarios pensados en términos de capacidad y no de calidad, en los que prima la fotografía sobre el sonido, despido mi primera visita al veterano Festival de Jazz de Terrassa con la satisfacción de encontrar un festival consciente de la dimensión de lo que propone, del alcance real de una música que cuando convoca masas suele hacerlo por cuestiones extramusicales. En Terrassa, tanto a los “mediáticos” como a los locales se los puede escuchar, ver y casi tocar.

El acelerón final de la trigésimo tercera edición contaba con el plato fuerte de uno de los guitarristas más personales del jazz moderno, uno de los músicos más elegantes e hipnóticos de la música creativa. El viernes, Bill Frisell nos convocaba con sus Beautiful Dreamers a un viaje sensorial con referencias a la tradición folclórica y popular USAmericana, siempre bajo el paraguas de un sonido tan indiscutiblemente suyo que ya sólo la primera nota fue genuina. Frisell nos mimó y el trío nos acarició con una propuesta que pareció un duelo al silencio, al que retó, junto a Rudy Royston y Eyvind Kang, en un combate de golpes tan inapreciables que hubo víctimas colaterales: en los momentos más inspirados, faltaba oxígeno en la sala. ¿Se le puede exigir más al silencio?

Tiene la música de este proyecto la virtud de hacerse familiar y, sin embargo, jamás resultar evidente. Es magistral cómo convocan melodías, más o menos presentes en el inconsciente colectivo (de Brian Wilson y John Lennon a sus propios temas, pasando por versiones del añorado Paul Motian), para ir tejiendo a partir de ellas un discurso de una belleza vaporosa, un juego en el que éstas divagan, se expanden y confluyen en su guitarra y en la viola de Kang, que exploran y retuercen con la sutileza admirable de quien da un giro de 180 grados con tal placidez que quisiera convencernos de que nunca hemos abandonado la gran recta de la Ruta 66.

La íntima placidez de la música de los Beautiful Dreamers de Frisell exige de sus intérpretes un compromiso con el silencio de tal grado que Royston apenas sugiere la batería. Sólo en la recta final, con el gradual in crescendo en el que fue escribiéndose la música, se permitió liberar peso en la pegada. Incluso a pesar de su extrema contención, de la caricia percusiva, hubo instantes en que soñé el proyecto a dúo, un mano a mano entre el imán hipnótico del sonido de Frisell y la viola de Eyvind Kang, con la que cantó el blues más pretérito, viajó por la Ruta de la Seda y pisó la terrosa tradición folclórica estadounidense. Sin grandes (aparentemente) exigencias técnicas, la viola de Kang se expresó, como la música en sí, despojada de artificios. El virtuosismo estaba, una vez más, en la ausencia de fuegos artificiales. La ligereza con la que se expresan confluye en una música que, a pesar de la liviandad de sus gestos, secuestra con fuerza los sentidos. Lo etéreo no es necesariamente ambiental.


Bill Frisell
© Miquel Carol

La apuesta por Frisell era la apuesta por un seguro de vida, por un maestro consolidado, por un referente ineludible del jazz que, como me confesaba después del concierto, casi sorprendido por sus propios cálculos, lleva cincuenta años tocando la guitarra. La apuesta del sábado era otra, quizá de caché más reducido, pero tanto o más valiosa en el contexto de un festival. Mientras en los mastodónticos les hacen creer que tocar es cosa de un trato de favor, en Terrassa el trato parece de iguales. Los de casa no tienen por qué ser menos, y más si el doblete de la Nova Jazz Cava lo fue de dos proyectos de indudable valía.

Por motivos logísticos (una conjunción de factores que dan por buena la Ley de Murphy), llegué a la Jazz Cava con la actuación de Marco Mezquida ya en rodaje. Lástima porque la excitación por la agitada carrera y la situación desde la que pude escucharlo no fueron los mejores cómplices para degustar al pianista como hubiera merecido. Y bien que mereció. Marco Mezquida se ha convertido en un pequeño fenómeno, en un secreto sotto voce (más si cabe fuera de Catalunya) entre los que hemos tenido la oportunidad de escucharlo. Es joven, muy joven, tanto como para que resulte insólita y preciosa la madurez de su adolescencia musical.

Situado en mitad de lo que de madrugada sería una pista para bailar swing, Marco y el piano. Rodeado por un público dispuesto de forma circular en torno al pianista, con espectadores que hubieran podido tocarle y susurrarle. Hay que caminar centímetros por encima del suelo para asumir esa falta de distancia y privacidad con la serenidad que desprende el balear. Claro que no sólo camina suspendido, también sus dedos parecen elevados apenas milímetros sobre el teclado. Si los oídos tuvieran cuello, los del público su hubieran estirado para ver el sonido. Marco, al igual que los Dreamers de Frisell, es un soñador. No podía ser de otra manera.

Si de Keith Jarrett he dicho en alguna ocasión que es el maestro de la divagación certera, Mezquida, aun con una expresión diferente a la del maestro estadounidense, lo fue también con una actuación de música ininterrumpida que fue entrelazando algunas composiciones contenidas en su disco La hora fértil con exploraciones retóricas que salían de una referencia para invocar la siguiente. Sólo él sabe cuánto hay de definición previa y cuánto de creación en el momento, pero en ese viaje por motivos, timbres y densidades dispares, la unidad y la coherencia son indiscutibles.


Marco Mezquida
© Miquel Carol

Marco Mezquida tiene ese don del improvisador que, como Frisell la noche anterior, es capaz de vislumbrar las mil posibles salidas de la autopista melódica y encontrar respuestas donde ni siquiera parecía haber preguntas. Tiene un toque del piano sumamente exigente para el oyente, de ahí que se impusiera un silencio casi religioso donde es casi imposible que lo haya: un club (con barra, claro). Hubiera preferido escucharlo en el auditorio, pero dice mucho en su favor la cualidad de brujo capaz de (casi) anular el factor ambiental. Sólo desde ese silencio resultó posible escuchar no sólo lo que sonó, sino lo que Mezquida decidió no hacer sonar. Abruma el control que tiene del ritmo interno de la música, cómo la deja respirar y escucha la resonancia del piano para encontrar en apenas un instante fugaz la continuación lógica a las puertas que se van abriendo. Marco lo tiene todo para abrir bocas sin necesidad de demostrar nada más (y nada menos) que una sensibilidad muy especial para detectar la belleza -se encuentre ésta donde se encuentre-, y hacerla presente al espectador como quien invoca un espíritu del más allá.

Feliz espectadora durante muchos minutos de la actuación de Marco, la contrabajista Giulia Valle subió al escenario después de la conjura del pianista para darle a la noche un vuelco estético y expresivo radical. Su proyecto, bautizado como Líbera, nació como cuarteto y levanta el vuelo ahora en septeto. Por él han ido pasando diferentes músicos, lo que dificulta el necesario propósito de impregnar al proyecto de una personalidad de conjunto más definida, máxime cuando la autora privilegia el conjunto sobre los solistas, aunque ocasionalmente se abran espacios para ellos. La de Valle es una música profundamente personal, se intuye catártica, y exige de sus compañeros de escenario una precisión, en ocasiones, de funámbulo.


Jon Robles, David Pastor, Carola Ortiz, Edurne Arizu, Giulia Valle, Oriol Roca, David Soler
© Carlos Pérez Cruz

Las composiciones de Giulia Valle atraviesan tantos estados emocionales como los que se adivinan que las inspiraron. Delega especialmente en David Pastor la parte melódica, con el complemento de Jon Robles, a la que entra, sale y con la que se entrelaza la voz de Carola Ortiz, que convierte en otro más de los instrumentos de viento. A la izquierda de la contrabajista -a la que en los labios se le leía siempre la melodía-, Oriol Roca y David Soler impulsaban, sostenían y daban densidad eléctrica a la música (un dúo entre ambos, como preludio a uno de los temas, fue de lo más liberado(r) de la velada). Completaba el acordeón de Edurne Arizu, que añadía a la ya de por sí poderosa y contundente sonoridad del grupo una profundidad y una densidad tímbrica muy interesantes.

No hubo casi concesión al respiro, sí momentos de necesario contraste en un concierto de autor que no se pareció a nada aunque sus referencias puedan ser múltiples, lo mismo una balada de evocación crepuscular a lo Morricone, que el fuego del rock más visceral, que una canción infantil. En muchas ocasiones la idea de partida es una sencilla melodía, ya sea una sencilla escala mayor o un arpegio reiterado, incluso los solos tendían a explayarse sobre armonías muy estáticas compensadas por el empuje de la rítmica; pero más allá de que la arquitectura sea más o menos compleja en origen, lo relevante es la energía y una voluntad creativa nada convencional. Otra cosa es que cuestión tan personal exige cómplices, más que músicos, capaces de sintonizar con ella. Y es ahí donde el septeto cojea, porque la expresión individual parecía descompensada. No hablo de las cualidades técnicas –demostradas y demostrables- sino de afinidades y recursos idiomáticos, porque mientras Oriol Roca y David Soler se adaptan por bagaje y recursos mejor a una idea tan “ecléctica” (adjetivo de la propia Valle) y desprejuiciada estéticamente como ésta, daba la sensación de que el estilo de Robles y Pastor era otro, más afín a los patrones de un jazz más convencional. En ese sentido, fue un concierto más interesante por sus ideas de conjunto, por la montaña rusa de emociones y fuerza comunicativa de la música Valle, y por las múltiples mutaciones que se le adivinan. Música libre de prejuicios. Bienvenida sea.


Carlos Pérez Cruz