Club de Jazz 8/11/2019
La zamba de los soñadores

Conciertos

Sònia Sánchez - Jordina Millà - Annika Francke + Agustí Fernández & Núria Andorrà
Tarambana (Cardedeu) + Ateneu Barcelonès (Barcelona) || 4 y 3 de junio de 2017
Músicos: Agustí Fernández (piano), Núria Andorrà (percusión) + Jordina Millà (piano), Annika Francke (saxo tenor), Sònia Sánchez (danza)

Sònia Sánchez, Jordina Millà, Annika Francke

Al acabar la actuación, no pudo ocultar sus lágrimas. Emocionada, se sinceraba con el pianista Agustí Fernández, que había acudido a escuchar, entre otras, a la causante de las lágrimas, Jordina Millà. Para esta espectadora, la pianista, alumna de Agustí, había trascendido la mera condición de intérprete de un instrumento y se había convertido en médium de unas emociones que, siendo las suyas propias, podían ser la de todas las mujeres de la historia. Jordina parecía por momentos en trance, tan ensimismada como híperconectada con el baile de Sònia Sánchez y el saxo de Annika Francke, y con algo que parecía estar ahí y en otras muchas partes y tiempos simultáneos.

Sucedió una mañana de domingo, a la hora del vermut, en Cardedeu, un pueblo de la provincia de Barcelona, en 'Tarambana', espacio que se define como "cultural y gastronómico". El ambiente era familiar, con niños de muy corta edad, bolsas de patatas y parientes de Sònia, que reside en la zona. No eran las mejores condiciones para la concentración y la escucha, pero la improvisación, la fuerza comunicativa del trío, encarnada en la particular y poderosa expresividad del cuerpo y mirada de Sònia, compensaron en la medida de lo (im)posible.

"Para eso estamos", respondía feliz Agustí ante la confesión. A algunos puede parecerles insólito, pero a pesar de la (para muchos) disuasoria visceralidad que puede adquirir la improvisación, son evidentes sus vínculos con la emoción más profunda y primitiva. Los extremos tímbricos pueden soliviantar a algunas personas, también la falta de convenciones rítmicas y melódicas, pero el resultado de la música es el de una comunicación tan natural como la imperfección de nuestras vidas, con sus extremos, picos y valles. Lejos de la música domada que abunda en nuestro hábitat mediático, la belleza de la expresión en bruto pulida por el estudio, la práctica y la experimentación vital y profesional de músicos (Sònia lo es) como las tres de este infrecuente grupo femenino de improvisación.

Sònia baila lo que ha vivido, y eso se manifiesta en una expresión corporal que se va conformando al instante tanto como la propia música, cuyos timbres se contorsionan y retuercen al igual que Sánchez, actriz de un papel siempre por escribir..., y percusionista. Refleja en su gesto lo que sus compañeras proponen, así como induce a partir de una mirada que te inquiere y una mano que te busca. En ese buscar, encontró la respuesta de otra espectadora de lujo, Marianne Brull (la 'Marianne' del Liquid Trio), abuela y madre punk de tantos improvisadores de la escena barcelonesa, verso libre, genio y figura, que desde el asiento alargó su mano para responder la súplica de Sònia, que es todos los bailes del mundo en un cuerpo.

Agustí Fernández y Núria Andorrà

La tarde anterior, en un ambiente mucho más formal, la fría respuesta de público al dúo entre Agustí Fernández y la percusionista Núria Andorrà, en el Ateneu Barcelonès, no restó calor al juego que establecieron pianista y percusionista desde el primer instante. Su insobornable compromiso con la libertad creativa incluye la vacuna contra el desánimo de la (falta de) asistencia, y en cuanto salen a escena lo dan todo, tanto si es para miles como para unas pocas decenas. Entre ellos, de nuevo Marianne, convertida en personal shopper de un espectador de la casa que, entusiasmado después de su primera experiencia con un concierto de improvisación, terminó por llevarse todos los discos de (y con) Agustí que estaban a la venta. Seremos pocos, pero siempre se producen conversiones.

Fue un dúo eminentemente percusivo, con pianos tan extremos que el más mínimo crujir de la sala perturbaba. Hubo situaciones de extraordinaria sincronía, a pesar de que carecen de papel y la mirada no siempre se encuentra. Es el arte de la escucha, que en su caso propició incluso el efecto sísmico de la onda que partía del piano y llegaba instantes después ampliada a la percusión. Una continuidad del sonido que juega tanto flexible como en arrebatos mecánicos, que generan por momentos la ilusión de la unidad de dos piezas separadas que, juntas, se divirtieron como los dos niños que son Agustí y Núria en escena.

Mientras en otras músicas (y egos) el veterano impone sus galones, Fernández se los cedió a la percusionista, a cuyo servicio estuvo, también en uno de sus mejores solos: el que le mantuvo en silencio, de pie, inclinado hacia la caja del piano durante quizá un par de minutos. Una lección de escucha frente a la tentación de hablar por hablar, hija frecuente del miedo al vacío y de la vanidad. Silencio a la altura de un do de pecho.

Carlos Pérez Cruz

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