Club de Jazz 18/09/2019
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Conciertos

Jorge Rossy Vibes Quintet (Mark Turner, Jaume Llombart, Doug Weiss, Joey Baron)
Zentral (Pamplona) || 24 de mayo de 2017
Músicos: Jorge Rossy (vibráfono), Mark Turner (saxo tenor), Jaume Llombart (guitarra), Doug Weiss (contrabajo), Joey Baron (batería)

Jorge Rossy Vibes Quintet || Zentral


No hay posiblemente música que viva más al día que el jazz, donde lo que ayer era una cosa hoy es otra. Razones hay muchas, la precariedad y la falta de garantías entre ellas, pero el caso es que en muchas ocasiones uno arma un proyecto, lo graba y tiene que salir a defenderlo con quien tiene a mano, no con aquel para quien fue pensado. Nada nuevo, y nada necesariamente malo, porque si algo caracteriza al buen jazzista es su adaptación inmediata a las necesidades. Por eso es también música viva (o requiero serlo para funcionar), porque hay que estar muy despierto para sacar adelante lo que ni siquiera se pudo ensayar.

El (aquí) vibrafonista Jorge Rossy presenta en una larga gira el disco Stay there. Gira en dos partes: la primera, clausurada en el Jamboree de Barcelona, con Joshua Redman y Adam Cruz; la segunda, iniciada en el Zentral de Pamplona, con Mark Turner, saxofonista de la grabación, y Joey Baron. De la formación original, sólo hace la gira completa el bajista Doug Weiss, mientras que el guitarrista original, Peter Bernstein, cede su testigo a Jaume Llombart -con quien Rossy explicó haber trabajado los temas antes de llevarlos al estudio-, y Al Foster, reclamo histórico del grupo, no ha podido sumarse por causas de fuerza mayor. Así, como en un ejercicio de equilibrismo, con piezas sueltas de diferentes puzles, se construye esta gira del quinteto, con Jorge como líder de un grupo de corte clásico y hechuras contemporáneas.


Jorge Rossy Vibes Quintet || Zentral


La presentación de Pamplona tuvo una desventaja con reverso feliz para mitómanos, que asistieron a la primera vez que el extraordinario Joey Baron tocaba con cualquiera de los músicos con los que compartió escenario. Eso en el jazz, música muy dada a la exhibición memorística y a la nostalgia, cotiza. La desventaja es obvia: las costuras de la música carecen de la firmeza de un grupo ya establecido y, especialmente al comienzo del concierto, se notó. Claro, hablamos de músicos al más alto nivel, que como me confesaba Jaume Llombart al final, por narices (y otras virtudes) te hacen tocar mejor. El barcelonés fue, de hecho, de lo mejor de la noche, y mostró ideas melódicas muy ingeniosas, con solos muy bien estructurados, gran lectura del tempo y los espacios, además de una notable capacidad para apoyar de forma activa los solos de sus compañeros.

Resultó fascinante ver entrar en calor a Joey Baron, baterista con menos aura mitológica que Foster pero con un currículo y unas prestaciones que quitan el hipo. Su versatilidad es abrumadora, capaz de ser el anillo para dedos de muy diverso grosor. Disfrutó e hizo disfrutar, prendió fuego a la música hasta hacer saltar por los aires la cadena del ride de su batería. Esa mayor visceralidad de la música, respecto a la versión de estudio, la da el directo, pero también la diferente personalidad de guitarrista y baterista. Así resultaba curioso ver la fogosa juventud del sexagenario Baron frente a la contención del siempre impecable Mark Turner, músico cuya aparente impavidez y control extremo esquivan la épica. Lo suyo es el zen frente a la heroica, aunque su dominio del instrumento y del lenguaje sean de superhéroe.

En un segundo plano permaneció el contrabajista Doug Weiss, con menos espacios para el lucimiento personal, quizá por ser correa de enlace con el recién llegado, Joey Baron, o quizá porque así son las cosas, las que fue organizando Jorge Rossy en calidad de responsable y líder del grupo a quien, tras escucharle, le hace uno vibrafonista de toda la vida. Después de descubrirse al mundo como gran baterista, y tras explorar su pasión pianística, lo vamos conociendo en esta nueva faceta, que es la misma siempre y en toda ocasión, dado que para él el instrumento no es sino un medio para expresarse, no un fin en sí mismo. Eso sí, que domine con tanta prestancia instrumentos tan diferentes, no es precisamente una anécdota.

Anecdótica fue la presencia del público, tan escaso como agradecido. El precio no era precisamente popular, pero es sólo uno de los muchos factores a analizar para descifrar por qué en este país, y en esta ciudad en particular, transversalmente conservadora, el melómano es un ser casi extinto. Para otro día, que las conclusiones son amargas y la música fue dulce.

Carlos Pérez Cruz

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