Club de Jazz 14/11/2017
Conversación con Nels Cline

Conciertos

Mostly Other People Do The Killing + VEIN feat. Rick Margitza
26º Festival de Jazz de Guimarães (Portugal) || 11 de noviembre de 2017
Músicos: MOPDTK: Moppa Elliott (cb), Steven Bernstein (tp), Dave Tylor (tb), Jon Irabagon (st), Ron Stabinsky (p), Brandon Seabrook (gt) y Kevin Shea (bt); VEIN: Michael Arbenz (p), Thomas Lähns (cb), Florian Arbenz (bt) + Rick Margitza (st)

MOPDTK Guimaraes 2017

A lo tonto, han pasado ya 14 años desde que se fundara Mostly Other People Do The Killing, cuarteto durante doce, que se ha ido reinventando desde la salida del trompetista Peter Evans. El extraterrestre voló y el grupo, liderado por 'Moppa' Elliott, se tuvo que rehacer. Me aseguraba el contrabajista que no ha habido reinvención, que siempre han sido lo mismo, pero lo cierto es que la pérdida de un músico tan sobrenatural como Evans dejaba al proyecto sin uno de sus principales atractivos. También es verdad que éste ha sido siempre un colectivo, aunque esa colectividad confía mucho a la capacidad individual para mantenerse virtuosamente cuerdo en momentos de caos aparente.

La última encarnación de MOPDTK es a trío, pero a Guimarães llegaron con la artillería de las grandes ocasiones (es decir, aquellas en las que hay presupuesto), reunida para el disco Loafer's hollow, publicado en 2016 como septeto. Y sí, Elliott tiene razón, el grupo sigue siendo lo mismo, una banda que se lo pasa muy bien y pretende hacerlo pasar mejor a partir de la relectura de la historia del jazz desde el humor, la ironía y la desacralización. Con tendencia a la teatralidad sobre el escenario, el grupo termina por hacer que un público proclive a la rectitud y el buen orden acabe digiriendo expresiones que, de otra manera, rechazaría. En esta ocasión, el grupo recupera el espíritu de las bandas de swing de los años 30 y 40, los años en que el jazz era la música popular y de baile, pero las lleva al frenopático y les aplica tratamiento de vanguardia, con delirantes choques de electricidad individual y colectiva. El resultado es hilarante y vital, un espectáculo que combina un alto grado de exigencia para el músico, pero al que permite también una libertad expresiva poco frecuente. Es el resultado de un un trabajo muy serio que evita tomarse muy en ídem a sí mismo.

MOPDTK Guimaraes 2017

La aversión a la grandilocuencia y a la impostación, su apuesta por el humor como arma para desarmar prevenciones, allana perfiles musicales que en muchas ocasiones resultan 'fuera de categoría' para muchos espectadores, aunque supone también asumir riesgos. Pasados catorce años, el grupo ha escrutado bajo su particular óptica muchos de los palos históricos del jazz, e incluso propuso un ejercicio de 'copia certificada' de uno de los monumentos creativos de esta música, el Kind of Blue de Miles Davis. El riesgo es que, como en el cine, el personaje termine por confundirse con el actor, y la marca MOPDTK sea una única cosa, caricaturesca, y no la que quisiera ser en cada momento. En el concierto llegó un momento en el que la fórmula de capas, en la que un solista (o varios) entran en un trance aparentemente ajeno a la actividad del resto, y en el que las estructuras se rompen súbitamente para evitar las formas estandarizadas, terminó por convertirse en un patrón en sí mismo, por lo que la imprevisibilidad esencial de su música era en muchas ocasiones sumamente predecible. Su altísimo nivel individual y el ritmo enloquecido en la secuencia de temas enmascaran los posibles peros.

VEIN + Rick Margitza

Muchos tuvo para mí la actuación vespertina celebrada en la sala de cámara, con el encuentro entre el trío suizo VEIN y el saxofonista estadounidense Rick Margitza. El trío tiene una larga experiencia de colaboraciones previas, pero la que le ofrecieron a Margitza careció, al menos en esta ocasión, de la más mínima empatía y cariño hacia su huesped. En ningún momento tres más uno sumaron cuatro, y Margitza parecía deambular por ahí como quien amanece en una habitación de madrugada completamente desorientado. El trío ofreció su propio concierto, hasta el punto de que incluyó tres movimientos a modo de suite de su nuevo disco sobre música de Ravel (Margitza regresó después del segundo, pensando que ya tocaba). Como todo el resto del concierto, quedaron sepultados por la inmisericorde batería de Florian Arbenz. Como el agua y el aceite, el matrimonio parecía forzoso, y la inclusión de una versión de Cry me a river, para dúo de piano y saxo, una concesión sin entusiasmo para el invitado, que intentó frenar la maquinal ejecución de Michael Arbenz para llevarlo al terreno baladístico que Margitza pretendía. Me salté el bis, saturado como me encontraba por la fría ejecución de música de indudable calidad, pero carente de alma.

Texto: Carlos Pérez Cruz
Fotografía: Paulo Pacheco

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