Club de Jazz 20/09/2017
Mar en calma

Conciertos

Frank Lacy, Kevin Ray, Andrew Drury (1032K)
Twins Jazz, Washington DC - 26 de agosto de 2017
Músicos: Ku-umba Frank Lacy (trombón, fliscorno y percusión), Kevin Ray (contrabajo), Andrew Drury (batería y percusión)

Frank Lacy, Kevin Ray, Andrew Drury

De las muchas contradicciones del mundillo del jazz, siempre me ha llamado la atención el contraste entre el coste para el espectador de una noche en un club y el muy relativo impacto que éste tiene en el bolsillo de quienes son el reclamo: los músicos. Una parte de la lógica tiene que ver con la minúscula dimensión de muchos de ellos, a la que no es ajena el Twins Jazz de Washington DC, situado en la segunda planta de un edificio en la calle U de la ciudad, vía de fuerte simbolismo para la cultura afroamericana (frontera del Washington blanco y negro durante la segregación) y para la jazzística, con Duke Ellington entre sus ilustres residentes.

Twins Jazz

La historia de esta música se ha construido fundamentalmente en los clubes, pequeñas capillas para el cultivo de la fe jazzística, espacios cuya mitología han alimentado las grabaciones que empezamos a coleccionar con el despertar de nuestra (inexplicable) pasión por el jazz. Los clubes dan la medida del impacto social de esta música, disminuido hasta la insignificancia en el siglo XXI. Sin embargo, casi en cualquier rincón del mundo se puede encontrar uno: somos pocos pero estamos en todas partes. Eso sí, no todos los que van lo son. El club de jazz es también una vivencia de orden turístico, propuesta de guía de viaje para tener una experiencia local (y, en ocasiones, joderle la existencia al aficionado). En esas estamos, en la era de los eventos y las experiencias, que no lo son tanto para disfrute íntimo como para divulgar en redes. Así, a uno se la puede sudar (con perdón) el concierto en curso, ignorarlo mientras se navega compulsivamente por el móvil, beberse un par de birras y dar buena cuenta de un plato de salmón con arroz. Al músico, que lo está dando todo a tres metros de ti, se le mira una vez a través de la pantalla del teléfono, se le graba un vídeo de veinte segundos y se comparte en Facebook. Porque lo importante hoy es el 'me gusta', construirse un perfil, restregar la vivencia tan exclusiva y exótica que se está teniendo (aunque precisamente se olvide de tenerla), e incluso hacer una videoconferencia por Skype para presumir ante el ausente.

Y mira, me hacía ilusión volver a ver a Frank Lacy, poderosa fuerza de la naturaleza cuando le escuché hace quince años como integrante de la Mingus Big Band, único nombre en el cartel anunciador del concierto, aunque en realidad la actuación fuera la de un trío que tiene nombre propio: 1032K (la ecucación de la llamada 'temperatura de Planck', la máxima posible, aquella en la que la materia deja de existir). Trío que comparte con el contrabajista Kevin Ray, músico que creció en la órbita de Andrew Hill, colabora actualmente con Matthew Shipp y estuvo más de una década fuera de la carretera por enfermedad, y con Andrew Drury, extraordinario baterista cuya carrera está ligada a nombres del territorio más experimentador del jazz, en el que figuran Peter Evans, Nate Wooley, Myra Melford e Ingrid Laubrock, entre otros muchos. Trío que en 2013 publicó un trabajo discográfico registrado en concierto, hábitat natural de una formación tan cruda como ésta, carente de un instrumento "armónico" y extremadamente exigente en lo físico para el viento-metal.

Lacy, quince años después, sigue siendo el volcán que escuché en su día, aunque obviamente no se tenga la misma energía a los 59 que a los 44. Además, una formación tan desnuda como la del trío no arropa lo que una big band, por lo que cualquier defecto o mal día son más difíciles de enmascarar. A ese riesgo añade Lacy la combinación de dos instrumentos, trombón y fliscorno, cuando el segundo es habitual de trompetistas, lo que por tesitura le añade todavía más desgaste. Y en ello a Lacy se le vio por momentos al límite, con el corazón queriendo escalar lo que la física le negaba. Eso sí, cuando ambos se sincronizan, Ku-umba Frank Lacy es de una expresividad que conmociona.

Aunque abrieron con Monk, en lo que aparentaba ser una puesta en escena de corte más clásico (con todas las comillas que hay que ponerle al clasicismo de Monk), el repertorio combinó temas propios de Lacy con versiones de Albert Ayler o del trío 'Air' de Henry Threadgill, Fred Hopkins y Steve McCall, terrenos del free en los que se expresaron con mayor efectividad, algo más lastrada en los materiales más pautados, quizá por la falta de una segunda voz que contrastara a la de Lacy o por una aparente falta de rodaje. En los terrenos más exploratorios es donde la música se elevó sobre los platos (y móviles) de mis vecinos, con invocaciones chamánicas en los diálogos percusivos de Lacy y Drury, que Ray densificaba con la vibración del ostinato del contrabajo con arco.

A falta de sutilezas, Lacy ofreció entrega, Kevin Ray solidez e inventiva en sus solos y el trío combinó momentos grises con otros de brillantez, elevada al cuadrado en el caso de Andrew Drury, baterista de gran creatividad, definición de la pegada en HD y creador de universos sónicos asombrosos. De esos que, al del móvil, la birra y el salmón, por un lado le entraron y por el otro le salieron. Quizá alguno de sus amigos de Facebook pueda apreciarlo.

Carlos Pérez Cruz

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