Club de Jazz 12/07/2020
Conversación Ambrose Akinmusire

Conciertos

Marco Mezquida
13º Mas i Mas Festival, Palau de la Música Catalana (Barcelona) - 4 de agosto de 2015
Músicos: Marco Mezquida (piano)

Marco Mezquida, Palau de la Música

Es un incordio la imperiosa necesidad que algunas personas tienen de comentarlo todo en toda ocasión y lugar. En el cine, en el teatro o en un concierto, su cuchicheo es una intromisión en la evasión y/o conexión con el hecho artístico, parasitan la propia ensoñación y obstaculizan la inmersión sensorial. Es admirable la poderosa fuerza magnética de Marco Mezquida en toda ocasión y lugar, lo mismo en un restaurante como músico de amenización, en un club de jazz o en un teatro majestuoso, su relato tiene tal capacidad de seducción y su pianismo hipnotiza de tal forma que el cuchicheo queda afeado por el giro simultáneo de decenas de pares de ojos. En el Palau de la Música Catalana, centenares de espectadores quedamos abrochados a la butaca por un silencio de monasterio durante una hora y tres cuartos de música. ¡Qué mejor crítica!

Al final, el público se puso en pie, señal manifiesta de admiración y celebración eufórica de lo que la organización bautizó como “La alternativa”, término de evocación taurina (qué poco afortunado paralelismo: ¡arte versus tortura!) que encierra una connotación primeriza, lo que en el caso de Marco es inexacto. Si acaso la alternativa era para los aficionados en Barcelona: o Kenny Barron y Dave Holland en el Jamboree, o Marco Mezquida en el Palau. Pero Marco, con sus 28, hace mucho que lleva galones de general al mando de su propia carrera. Al contrario que con algún otro fenómeno inflamado por el gremialismo mal entendido, la ignorancia como (orgulloso) fenómeno cultural español y el paternalismo sobreprotector de la (a)crítica advenediza, Marco no necesita más padrino que su propia obra: rotunda, compleja, diversa, virtuosa…, sencillamente genial. El día que invirtamos en este país los factores de reconocimiento, difusión y exposición de la música, ése será el de la verdadera alternativa: la nuestra.

Es cierto que los escenarios determinan -uno de los múltiples factores- y no es lo mismo caminar en zapatillas por el pasillo de casa que salir a tablado tan majestuoso e imponente como el del Palau frente a cientos de espectadores y hacerlo solo. Si esa era “la alternativa”, exponer a Marco en tan egregio escenario, comprobar su capacidad de convocatoria y testar su templanza frente al miedo escénico, Mezquida obtuvo sobresaliente. La inicial percusión de tres minúsculos platillos fue una invocación de la serenidad (propia y ajena), una minimización de las largas distancias de la sala, la señal de partida para uno de los ya característicos viajes sensoriales de Marco Mezquida, siempre generosos, reconfortantes, excitantes y asombrosos.

Marco Mezquida, Palau de la Música

Lo alucinante del pianista menorquín es el contraste tan extremo entre la expresión serena y pacífica de su gesto y su palabra y la fabulosa actividad interior, una incontenible y tormentosa verborrea de ideas melódicas, rítmicas, tímbricas y armónicas que sólo él sabe cómo logra contener y apaciguar para darle forma coherente. Por momentos a Marco se le sube la fiebre –febril romanticismo- y, cuando parece a punto de la posesión y la pérdida del autocontrol, resulta de pronto que todo formaba parte de un plan ordenado y mesurado con antelación. La razón de que las aguas no se desborden cuando parecen claramente fuera de control se sustenta en la misma lógica por la que Moisés dicen que logró abrirlas: un puto misterio. Lo es igualmente el hecho de que, a edad tan temprana para un creador, la suya sea una expresión ya con derechos de autor, configurada, claro está, por todo lo que sus oídos han abarcado y amado, pero propia de pleno derecho. Con ella canta boleros cósmicos, orbita alrededor de la luna, repica las campanas, obtiene electricidad de lo acústico y compite en el Harlem de los más espídicos forajidos del teclado, entre otras alucinaciones.

Hay casi siempre un elemento central, un pequeño leitmotiv, una obsesión en torno a la que articula cada una de sus exploraciones, pero cómo logra que los cerros de Úbeda no sean un lugar de perdición carece de lógica racional. Quizá lo logra porque la obsesiva circularidad de sus digresiones le lleva siempre al punto de partida pero, como otros genios de la música, Mezquida se mueve en estadios paralelos que no son los nuestros, y lo hace con una sencillez tan compleja que desarbola cualquier reticencia basada en prejuicios de afinidad estética.

Para Marco, la música es tanto juego como reflexión y energía. Por eso escucharle es una experiencia lúdica, profunda y mística. Así terminamos: de pie los espectadores, de piedra las musas del Palau.

Texto: Carlos Pérez Cruz
Fotografías: Mas i Mas Festival

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