Club de Jazz 26/05/2020
Jazz en cuarentena XI

Conciertos

Marco Mezquida + Gonzalo del Val Trío
'La Azucarera' de Monzón (III Festival de Jazz de Monzón) || 16 de julio de 2016
Músicos: Marco Mezquida (piano), David Mengual (contrabajo), Gonzalo del Val (batería)

Marco Mezquida

Al igual que existen los no-lugares, esos espacios carentes de identidad, existen lugares que piden a gritos un derribo. Algunos, como 'La Azucarera' de Monzón, atestiguan un pasado industrial que quizá merezca ser recordado, aunque difícilmente caería lágrima alguna por el recinto que lo contuvo. Reconvertido ahora en espacio de usos diversos, lo es también del meritorio y voluntarioso Festival de Jazz de Monzón. Su exterior no indica que esté en uso. Su interior, causaría infartos en muchos despachos de diseño. Uno nunca imaginó encontrar en pleno julio, y en medio de una de esas amplias nadas geográficas de la tórrida España, la respuesta a tantos males del alma.

La terapia fue colectiva: para el público, por verse sometido a un riego de belleza por aspersión; para los músicos, por encontrar en la sala un silencio y un respeto que, de tan infrecuente, subrayaron con insistencia (y asombro, añadiría). Claro que el tono lo determinó Marco Mezquida, cuyo solo de piano tiene el don de convertirse, desde la primera nota, en un aspirador de asombros. A meses de cerrar su década de los 20, Mezquida ha puesto en evidencia la limitación del diccionario (al menos mis limitaciones con el vocabulario), puesto en apuros para seguir revelando con el lenguaje escrito su colosal dimensión creativa, el virtuosismo puesto al servicio de la belleza, el ingenio ilimitado, la abrumadora musicalidad del menorquín. Las miles y miles de horas en las que el pianista se ha refugiado en su instrumento, la innegociable curiosidad por la diversidad musical de todo gran creador, han ido moldeando a un músico total, a uno de esos nombres que, como quien recita del uno al once la alineación de un equipo deportivo legendario, será imposible olvidar cuando nos obliguen a confesar nuestras adicciones.

Hay músicos que impactan por la aparatosidad de su virtuosismo, técnicos de la pirotecnia que tienen mucho predicamento ante quienes conciben el arte como una competición de talentos robóticos. En el caso de Marco, cualquier salto mortal tiene una lógica emocional, forma parte de una narrativa de pasiones, y por eso su música se hace trascendente. Con el paso del tiempo, de los pocos años realmente de una trayectoria portentosa, se ha ido haciendo cada vez más densa, más oscura incluso, aunque eso tenga como consecuencia la paradoja de que se administre en los oídos con una ligereza y un brillo cada vez mayores. Es circular, en las múltiples formas que lo circular adquiere en sus manos, desde las obsesivas construcciones mecánicas con las que articula largos discursos llenos de digresiones, hasta las expresiones más románticas de su lenguaje, que se van inflamando alrededor de sencillas ideas melódicas que convierte en sublimes declaraciones de amor. Como el que, sin ningún rubor, le declaro públicamente.

Gonzalo del Val Trío

Lo que hizo Mezquida puso la segunda parte de la noche en una tesitura complicada: ¿cómo hacerse con un público sometido durante prácticamente hora y media a semejante KO emocional? David Mengual se lo preguntaba: "¿Hace falta más?". No, no hacía falta más. ¿Qué más se podía decir? Por eso adquiere todavía más relevancia lo que dijo el trío de Gonzalo del Val, capaz desde el primer momento, superada una larga pausa de oxigenación, de atraparnos en su red. Ya no porque la presencia de Marco como pianista suponía una transición natural de lo escuchado, sino porque el trío se ha configurado en los últimos años, poco a poco, sotto voce, en un auténtico trío.

El del baterista mirandés es colectivo -algo no tan obvio como pueda parecer-, con su propio discurso, fundamentado en algo tan sencillo y tan complicado a la vez como el placer de tocar. Dicho de otra forma: no se trata tanto de qué sino de cómo. Ya sea una composición de Marco adaptada al trío, ya sea Gershwin y su I got plenty o'nuttin', de la ópera Porgy and Bess, ya sea el Paradox de Keith Jarrett, el trío del baterista lo abraza con la misma alegría que transmite Del Val en su gesto. La felicidad de tocar (juntos), sin generar en torno al conjunto ninguna compleja teoría de la química cósmica, les permite jugar libremente con los temas, crear una unidad basada, en realidad, en la libertad de acción simultánea. Si Koiné se escucha con sumo placer por la naturalidad del discurrir de la música, el directo gana profundidad y recorrido al abrirse al momento. El de la noche en Monzón fue eterno. ¡Qué privilegio!

Texto: Carlos Pérez Cruz

Fotografía: Carlos Pérez Cruz (Marco Mezquida), Jesús Moreno (Gonzalo del Val Trío)

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