Club de Jazz 8/11/2019
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Conciertos

Josetxo Goia-Aribe & Seidagasa + 'Aurresku Gitano', con Marco Vargas
Torre Jauregia de Donamaria + Plaza Consistorial de Iruñea - Pamplona || 25 de agosto de 2016
Músicos: Josetxo Goia-Aribe (saxo tenor y soprano), Quique Simón (piano), Chema Pastor (batería), Marco Vargas (bailaor)

Goia-Aribe y Seidagasa

Hay artistas camaleónicos que mutan su piel estética, valen para rotos y descosidos. Y después está Josetxo Goia-Aribe, capaz de lograr que sea la piel de los otros la que se adapte, la que adquiera sus muy característicos tonos folclóricos. Es decir: todo cambia para seguir igual. Es la impronta de los artistas con voz propia. Goia-Aribe lo es.

Es probable que el 25 de agosto de 2016 ocupe en la memoria del saxofonista lugar de preferencia: vestido de flamenco por la mañana, de vasco-navarro montañés por la tarde. En la matinal, sudó bajo un sol de justicia sobre un pequeño tablado situado frente a la fachada del Ayuntamiento de Iruñea - Pamplona. Era el estreno de uno de sus "Aurreskus", trabajo audiovisual en el que Goia-Aribe ha reinterpretado este baile del folclore vasco y animado a coregrafiar a cinco bailarines de diferente pelaje. Aprovechando el sonoro zapateado promocional del festival 'Flamenco On Fire', que acoge la ciudad en este final de agosto, el saxofonista lo interpretó con el baile "gitano" de Marco Vargas. Fugaz apunte del proyecto, acogido con entusiamo en la plaza. El baile, más o menos ajustado a guión, es un apoyo hipnótico y sensual para el culebreo característico del navarro. Siempre es agradecida la traducción visual de la música. Un trabajo que, cuando sea expuesto en su conjunto, dará idea de las muy diferentes interpretaciones a las que puede dar lugar una misma obra.





De la matinal urbana, a la tarde campera en la Navarra norte, al pequeño espacio interior de una torre del siglo XV en la localidad de Donamaria. Allí, ya sin tacones, Goia-Aribe se presentaba junto a los Seidagasa, el pianista Quique Simón y el baterista Chema Pastor. Los alicantinos, pareja que se reta y crece en el encuentro con creadores de muy diverso bagaje, invitó hace un par de años al saxofonista y de ahí surgió un doble disco, Las cortinas. Para Goia-Aribe fue, de alguna manera, su bautismo de fuego en los terrenos de la improvisación (más o menos) libre. Aquellas jornadas intensivas, de encuentro y descubrimiento mutuo, establecieron el terreno de juego común, el campo en el que las diferencias lógicas de partida encontraron encaje para dar lugar a una versión en la que se impone el imaginario estético y folclórico del saxofonista, pero en la que Josetxo no cuenta con todos los elementos de control exhaustivo que han caracterizado su trayectoria.

Hay pactos previos e ideas que, sin que necesariamente estén escritas en papel, lo están en la memoria de los tres: un guión que les permite volver a tierra sin problemas. Un guión que juega además con elementos ya tanteados en aquel disco y que tiene tanto momentos de divertimento barroco, con Bach como inspiración para la fuga improvisada, como espacios de suspensión rítmica y estabilidad armónica en los que Goia-Aribe se recrea con las referencias a ese folclore vasco que tan bien conoce. En el diálogo entre los tres hay mucho de pregunta y respuesta, también de cesión de soberanía de los Seidagasa, y mucho de extremos y ruptura siempre compensados. A la digestión del neófito local ayudó seguramente esa continua referencia a melodías y sonoridades propias de su imaginario, que el trío convierte en versión libre, desenfadada y, por momentos, gamberra.





Lo que comenzó siendo en tierras levantinas un encuentro a ciegas de Seidagasa con Josetxo Goia-Aribe, ha dado luz a una formación que tiene en buena medida ya desarrolladas sus propias rutinas, que se alimentan de un riesgo medido que funciona y les define. En ese terreno intermedio entre la música pautada y la libertad absoluta, el trío ha encontrado su ser. Necesitan tener los oídos alerta (y lo potenciaron de inicio cubriéndose los ojos con una venda), pero no van a ciegas. Hay señales en el camino. Y en Donamaria también irrintzis: el que se marcó una muchacha del público mientras Goia-Aribe emulaba el sonido de la txalaparta con el golpeo rítmico de las teclas del saxofón. Lo ancestral no quita lo moderno. Ni lo valiente. Y a Josetxo le salen bien los atrevimientos. Flamenco de día, vasco de noche. Un echao p'alante.

Carlos Pérez Cruz

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