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La zamba de los soñadores

Conciertos

Marco Mezquida
Nota 79 (Barcelona) || 18 de junio de 2017
Músicos: Marco Mezquida (piano)

Marco Mezquida, Nota 79

Para Ana era el enésimo concierto de Marco Mezquida. El tercero en apenas unos días. Sólo ya por la de veces que lo había escuchado, imaginaba que el pianista no podría sorprenderla. Y tiene sentido porque, por muy inspirado que esté un músico, por muy amplio que sea el abanico de sus intereses, el mundo de los creadores gira toda su vida en torno a un puñado de obsesiones. Lo mismo un director de cine que un escritor que un escultor que un pianista, aunque el lenguaje de la música sea más abstracto y susceptible de enmascarar las ideas que sustentan su razón de ser.

Al igual que hiciera meses atrás en la Sala Apolo, el menorquín defendía un programa que partía de la idea convivencia/confrontación de la ‘clásica’ y el jazz, una de esas falsas dicotomías que simplemente erigen muros ideológicos y dificultan que nuestro placer melómano sea todo lo vasto que debiera. Concierto que incluso anunciaba un programa con piezas y autores concretos que Marco ignoró, porque un concierto de Mezquida tiene mucho que ver con lo que le dicta el instinto y le pide el cuerpo (y la conexión con el público) en cada momento. Hubo Bach, Mahler y Chopin, también piezas propias, y sobre todo hubo Marco, pianismo íntimo, romántico, obsesivo y circular, magia de brujo que hipnotiza y sana, en esa delgada y difusa línea entre arte y salvación (si es que tal línea existe).

Nota 79, inaugurada este mismo año, anunció horas antes que las entradas estaban agotadas, y dispuso la sala como si de un pequeño auditorio se tratara. Desapareció el concepto de club y se explotó el espacio hasta hacer prácticamente imposible la movilidad. Por fortuna, Marco proporcionó el oxígeno y la sensación espacial que escaseaban a través del abrazo expansivo de su sonido. Y sucede algo muy curioso, porque aunque la música también es visual, Mezquida invita, sin solicitarlo, a cerrar los ojos, a olvidarse de que es él quien está ahí creando todo aquello y a concentrarse en la sensación física, en el bienestar, en la relajada excitación de su música. Muchos espectadores, casi desde el mismo instante en que asomó el pianista en escena, los cerraron, como si estuvieran dispuestos de antemano a someterse a una terapia de la que ya conocen sus rutinas.

Marco Mezquida, Nota 79

Y se dan en Marco rutinas muy definidas, que en sus conciertos a solo suelen partir del larguísimo desarrollo de algún motivo melódico, y que en Nota 79 fue la continuidad de dos composiciones propias que se fundieron en una sutil transición para captar la atención del público, elevarlo unos centímetros del suelo y hacer posible un viaje libre de alforjas. Viaje que empezó a tocar el cielo con la punta de los dedos cuando Marco hizo lo que le vino en gana con esos “apenas quince compases” de un coral de Bach, que para Mezquida son sólo el marco de un cuadro referencial al que da forma libérrima, convirtiendo la limpísima armonía y la cuadratura del maestro alemán en un espacio abierto a la transformación del sonido, en una masa que repiquetea con los característicos acordes en trémolo del menorquín, que llevan la música a la aparente contradicción del estatismo en movimiento, donde la obsesiva reiteración, la lluvia de arpegios, enmascara el desarrollo y deja al oyente en suspensión, con la sensación de que podría estar en ese estado de por vida, y con la incertidumbre de saber cómo diablos resolverá Mezquida ese camino sin aparente final.

El pianista equilibra las intensidades del concierto, y a la tormenta le llega la calma que limpia de densidad el espacio sonoro, se transforma en terreno para divagaciones de motivos que se van desplegando muy poco a poco en un juego de piano, arpa y percusión, con mínimas intervenciones en el interior del instrumento con las que amplía el espectro tímbrico del piano. Así, la Sarabanda de Haendel es tanto austera y mínima como romántica, majestuosa y coral. Durante un buen rato olvidas que Haendel era el punto de partida, hasta que aterriza en la pista de origen, como si la ruta fuera la más lógica del mundo.

Marco Mezquida, Nota 79

Jugar, jugar y jugar, convertir el piano en clavicordio, en caja de músicas infinitas. El transcurso de un concierto de Marco es un derroche de creatividad e ingenio que excita las emociones tanto como excita él Le tombeau de Couperin, de Maurice Ravel, hasta convertir la suite original en una suerte de alucinación sonora, frenética cabalgada que parece ejecutada por una máquina sobreexcitada capaz de percutir sobre el teclado las pasiones del hombre. Pasión romántica la de Mahler y sus Canciones a los niños muertos, que alimentó la veta más pasional e introspectiva del pianista, preludio a su vez de la bellísima, atormentada y grave versión que Mezquida hizo de un preludio de Chopin, el número 15, conocido como Gota de lluvia.

Goteo de músicas que superó la hora y media de actuación, generoso como acostumbra a ser el menorquín, que fue requerido con insistencia para volver al escenario. Y es que, aunque fuera el enésimo concierto del pianista al que asistía Ana, a todos nos pasó lo que a ella: que, una vez más, nos sorprendió. Lo contrario hubiera sido otra cosa que no se llama Marco Mezquida.

Carlos Pérez Cruz

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