Club de Jazz 12/07/2020
Conversación Ambrose Akinmusire

Conciertos

Bill Frisell
Auditorio Kursaal, Sala de Cámara (Donostia - San Sebastián) || 26 de octubre de 2016
Músicos: Bill Frisell (guitarra), Thomas Morgan (contrabajo), Rudy Royston (batería), Petra Haden (voz)

Bill Frisell

Mientras en el exterior resonaba la seseante y anestesiante voz del candidato Rajoy en el (definitivo) debate de investidura, en el interior del Kursaal donostiarra la guitarra hipnótica de Bill Frisell abducía con versiones como la de la banda sonora de El Padrino, de Nino Rota. Al salir, Rajoy seguía ahí. Unos anestesiados, otros fascinados.

Produce fascinación Frisell, tan humilde y parco en palabras en la conversación como austero en el suministro de notas. Paradigma del menos es más, el guitarrista es un maestro de la flexibilización del tempo, que en sus manos se expande y contrae a voluntad. Con esa forma de romper con sutileza el rígido pulso del reloj, de apurar sin estrés alguno la caída de las notas hasta el último suspiro, Frisell va generando la expectativa permanente de que algo extraordinario va a pasar. Y pasa. Sucede que el tiempo es plastilina en sus manos y que con su manipulación crea la más plácida de las atmósferas, una telaraña sonora que en este proyecto atrapa algunas bandas sonoras míticas del cine y la televisión.

La gira de When you wish upon a star llegaba como con Rajoy, con recortes, con la ausencia respecto a la grabación del intérprete de viola Eyvind Kang, complemento directo de las resonancias USAmericanas del sonido de Frisell, y con una versión menor de Petra Haden, aparentemente afectada de un resfriado: reducida en la tesitura, se las vio y se las deseó para poder afrontar con garantías algunas de sus intervenciones, hasta pinchar en hueso cuando trató de elevarse a los agudos del Ennio Morricone de Hasta que llegó su hora. Obligada por las circunstancias a medir y corregir sobre la marcha en función de su estado, cada una de sus intervenciones fue un pequeño suplicio por empatía. Con su ausencia se hubiera perdido el juego de segundas voces de la exposición melódica, pero el trío Frisell, Morgan y Royston se sostiene por sí mismo.

Bajista y baterista disfrutan del espacio que abre Frisell, tanto porque permite el contrapunto a su fraseo como por el campo que el guitarrista les abre para sus solos. Especialmente feliz en sus intervenciones, Rudy Royston amagó antes del bis (una versión del tradicional Shenandoah) con un solo de gran pegada, una pequeña broma que libera de la tensión que puede llegar a acumularse en la atmósfera tan medida, íntima y sostenida de Frisell. El aparente estatismo de Frisell está, contra lo que pueda parecer, lleno de actividad. Es una contención activa, plena de relatos simultáneos, en la que Royston genera a placer y Morgan puede explayarse mucho más allá de las restrictivas funciones armónicas. Todo ello, abrazado por el sonido etéreo, a la par que definido, de Bill Frisell, cuya bonhomía es el lazo al regalo de su música. Siempre un placer, aunque algo de niebla matizara anoche el brillo de la estrella.

Carlos Pérez Cruz

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