Club de Jazz 21/02/2018
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Apuntes

Fallece Pepe Hosiasson, erudito del jazz, divulgador y promotor del jazz en Chile

Pepe Hosiasson



Me lo presentó Roberto Barahona, director del programa 'PuroJazz' y muchos años colaborador en mi programa. No podía irme de Santiago de Chile sin conocer a Pepe, una institución del jazz en el país. Fue en marzo de 2012 y Pepe vivía en la segunda planta de un chalet, a la que se accedía por unas estrechas escaleras. Una vez franqueada la puerta, se entraba a una habitación espaciosa, aunque oscura, ajena a la cegadora luz de verano del exterior en el recién estrenado otoño chileno. Tenía en esa ficción de noche algo de club, también por las imágenes de Duke Ellington, Louis Armstrong o Hampton Hawes que decoraban un espacio meramente funcional. Una habitación consagrada a la audición de música y las fotografías son apenas unos pocos recuerdos personales. Cientos de vinilos, cedés, cintas magnetofónicas, libros, una mesa de despacho con un ordenador y un potente equipo de música frente a un pequeño sofá daban sentido a este santuario jazzístico de Santiago.

Desconozco si alguien llamaba todavía por su nombre original a nuestro anfitrión, pero allá, lejos en el mapa y en el tiempo, quedaba su natal Varsovia y 1931, ciudad y año de nacimiento de Józef Hosiasson. Antes de que llamáramos al timbre, desde la calle se escuchaba un piano. Pepe fue pianista (hablaba de ello en pasado) y en los registros del pretérito jazz chileno figura su nombre en agrupaciones de resonancia hot como los Mapocho Stompers. Con ironía se me presentó como el “mejor pianista blanco de blues”, claro que “de la cuadra” en la que vivía.

Pepe Hosiasson

Más allá del abrumador número de registros discográficos y tomas en directo que atesoraba Pepe, lo que más le envidié aquel día fue su entusiasmo. Para empezar nuestro encuentro, Pepe eligió un gran solo de Phil Woods en una edición ochentera del Festival de Jazz de Niza (Francia), adonde Hosiasson viajaba año tras año. Era una grabación doméstica que realizó sentado en primera fila. Con la grabadora oculta en un bolso y el micrófono pegado al mango, conservó en cintas magnetofónicas horas y horas de grandes conciertos y solistas como Woods o Dizzy Gillespie (de quien también escuchamos un solo en Niza). Cada cinta está numerada y la información registrada en una base de datos digitalizada que le facilitaba localizar cada grabación (menos una de Steve Grossman, un préstamo que el músico nunca le devolvió).

No sé cuántas veces habría pinchado ese solo de Phil Woods, pero Pepe se lo sabía de memoria y lo disfrutaba como una primera vez. Al final de la tarde fue un vinilo, el dúo entre Oscar Peterson y el propio Gillespie (sesión de 1974), el que le hizo contorsionarse de placer. Sonaba Blues for Bird mientras Pepe me desvelaba los secretos formales y armónicos del tema. Hosiasson no privilegiaba sus propias grabaciones en directo sobre los vinilos o cedés. Sin los segundos “no hubiera escuchado nunca a Charlie Parker”.

Pepe me contó que el dinero que le daban de chaval para ir al cine lo gastaba en discos. También que fue su padre, compositor de comedias musicales, quien le llevó en Polonia con seis o siete años a escuchar por primera vez un concierto de jazz, aunque no fue hasta años más tarde cuando supo que aquello se llamaba jazz. Lo escuchó en una de las emisiones de radio de los militares de Estados Unidos. Ese primer concierto fue el de un trompetista judío de origen polaco, nacido en Alemania, que se llamaba Eddie Rosner - el Louis Armstrong blanco -, que primero huyó de Hitler y después acabó en uno de los gulags siberianos. Bastantes años más tarde Pepe compartiría con el auténtico Louis Armstrong tres noches de insomnio en Santiago. Y es que fue el anfitrión chileno de muchas de las grandes glorias del jazz.

Pepe Hosiasson

Con su pequeña colección de discos de 78 revoluciones por minuto (discos de Bix Beiderbecke, Dizzy Gillespie, etcétera) desembarcó en 1948 en Chile, en Valparaíso, después de un tiempo en Italia. En Valparaíso pasó los primeros tres años de su vida en Chile antes de establecerse de forma definitiva en Santiago. Nada más llegar a la ciudad portuaria, con tan solo diecisiete años, empezó un programa de radio bajo el título de Conozca el Jazz, que mantuvo en activo un par de décadas (habría otros) y que se abría con Louis Armstrong interpretando West end blues y cerraba con Gillespie y su saltarín Salt peanuts. Una elección nada inocente en un momento en el que los aficionados discutían sobre la validez o no del nuevo jazz fundado por Parker, Gillespie y compañía en comparación con el conocido hasta la fecha. Una discusión que trascendió las fronteras de Estados Unidos y tuvo su eco entre la afición chilena al jazz.

En Santiago, Pepe comenzó a reunirse con otros melómanos en el que fue el germen del ‘Club de Jazz’ de la ciudad. Músicos aficionados e intérpretes profesionales de música popular participaban en las primeras jam session del club y compartían sus colecciones discográficas particulares, colección que Pepe incrementaba con los discos que se editaban en Chile y con los encargos de contrabando que hacía a los conocidos como burreros (el propio Roberto Barahona era uno de ellos; le traía discos desde Estados Unidos). Una maravillosa colección de la que han disfrutado muchos músicos locales que a lo largo de los años se sentaron junto a Pepe donde yo lo hacía esa tarde.

“Ser chileno” fue la “exótica” carta de presentación de Pepe Hosiasson para abrir conversación con muchos de sus ídolos. El carácter minoritario del jazz y la pasión a la que acostumbran sus seguidores crea en muchas ocasiones un vínculo entre intérpretes y aficionados poco frecuente en otras músicas. Más que por su condición de periodista (además de locutor, ha sido cronista y crítico de diversas publicaciones), su condición de aficionado es la que le permitió a Pepe tener amistad con ilustres como Bill Evans.

Al pianista lo conoció durante una estancia de un mes en Nueva York en la que Pepe se dedicó a ir de club en club. Una noche, después del último pase del trío de Bill Evans en el Village Gate, ambos estaban tomando algo en la barra cuando Pepe se le acercó. “Vengo de Chile”, fue la llave que abrió una conversación que acabó con el pianista acercando a Pepe a su hotel. Así durante varias noches hasta que, con el tiempo, lo invitó a su casa y Pepe pudo, incluso, tocar el Steinway de Evans (mientras éste lo acompañaba al teclado eléctrico).

A la inversa, fue Hampton Hawes quien tocó el piano de Pepe en su domicilio de Santiago, ese mismo piano que se escuchaba desde la calle antes de que lo interrumpiera nuestra llegada. Hosiasson siempre aspiró a tocar “un poco como Hawes”, y con él se dio el gusto de tocar a cuatro manos. Muchos años antes, a finales de los cincuenta, Pepe había viajado a California con el propósito de escucharlo en algún club. A él y a Art Pepper. “They were bad boys”, fue lo que le dijeron cuando preguntó por ellos. Ambos estaban entonces en la cárcel. A Pepper sólo lo vio en persona una vez éste escribió sus memorias (Straight life), que Hosiasson me muestra firmadas por el saxofonista y por su última mujer, y artífice del abrumador libro, Laurie.

Pepe Hosiasson

En una de las fotografías que decoraba la sala se veía a Pepe entrevistando a Duke Ellington. No era un invitado fácil. Habían sido tantas las entrevistas que le habían hecho que Duke tenía ya un catálogo prefijado de respuestas. Pepe reía al recordar la respuesta que le dio Ellington a la pregunta de por qué todavía mantenía a sueldo a toda una big band (Ellington rondaba los setenta años entonces): “¿Tú conoces a alguien que escriba algo en la noche y tenga una orquesta que se lo toque al día siguiente?”. Pepe pudo incluso escuchar un ensayo de esa orquesta, en la que asistió divertido a una trifulca entre Ellington y el trompetista “Cootie” Williams durante la interpretación de la suite Harlem. Williams y Ellington se enzarzaron en fuerte discusión, con mutuas descalificaciones subidas de tono, hasta que el trompetista abandonó la sala. Ellington se dedicó a canturrear las partes de trompeta durante el resto del ensayo.

Pepe Hosiasson

Pepe Hosiasson vivió los entresijos de muchos conciertos y en Chile fue artífice de unos cuantos (Phil Woods, Louis Armstrong, Elvin Jones…). Se acordaba de la tensión con la que Louis Armstrong vivía la previa de sus actuaciones y cómo el paso de los minutos en el escenario lo iba relajando. Después no dormía, y Pepe pasó con él tres noches en la habitación de su hotel hasta el amanecer, con el trompetista jugueteando con dos grabadoras y con registros de sus conciertos con los que hacía sus propios ‘corta y pega’.

Otro trompetista, Wynton Marsalis, forma parte también de la nómina de amistades ilustres de Hosiasson. Inquirido sobre las polémicas opiniones del trompetista, Pepe se mostraba mayoritariamente de acuerdo con éste y achacaba a la envidia la mala opinión que de él tienen algunos músicos. Claro que para envidia la que Pepe tiene de la capacidad de trabajo de Marsalis, con quien se abraza en una fotografía que retrata a un jovencísimo trompetista de visita a Chile.

Pepe Hosiasson

Oscar Peterson, Dizzy Gillespie, y su Blues for bird, fueron la coda de un encuentro entrañable. Hubiera permanecido horas y horas en aquel lugar conversando con Pepe y escuchando música. Todavía impresionado por su discoteca, y mientras descendía las estrechas escaleras, pensaba en el valor de ese rincón privado en el que Pepe pasó miles de horas de placer íntimo o en compañía. Esa colección de grabaciones tiene que ver con el ánimo coleccionista que nos mueve a muchos melómanos, pero intuyo que va mucho más allá de un interés puramente material y acumulativo. Creo que en la oscuridad de esa habitación vivía el yo más íntimo de Pepe Hosiasson.

Pepe, ¿no has tenido nunca una crisis de fe respecto al jazz?

“Si no hubiera tenido jazz, no habría sido vida. Eso era lo que ha llenado mi vida. La comida, el jazz y el sexo”.

Carlos Pérez Cruz

Nota: Pepe Hosiasson falleció el 13 de febrero de 2018, a los 86 años de edad. El texto original, modificado para la ocasión, se publicó originalmente en la revista 'Cuadernos de Jazz'.

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